noviembre 25, 2013

Incoherencia.


   No es por nada, pero cuando nos hablan de la fecha del fin del mundo, aunque racionalmente haga incluso gracia, hay un segundo en que el estómago te da la punzada. En cambio no dejamos de corregir pautas en nuestra vida que nos conserven durante más tiempo saludables como si pensásemos en la muerte como algo tan lejano que no podemos vislumbrar. Primera incoherencia; nadie este a salvo de sufrir un accidente en cualquier momento. En cambio no queremos darnos cuenta que nuestros actos o actos que permitimos se están cargando el mundo de verdad. Ya lo del cambio climático va a haber que tomárselo en serio. Que digo yo que hacía más calor de lo normal… Pero bueno en invierno frío, en verano calorcito… Hasta que llegó el descontrol. Es que ahora resulta que en enero estábamos en la playa y el verano entró cuando llevábamos aún manga larga. Si es que este mundo es pura incoherencia. Si pasas de los 30  te miran raro si no tienes hijos… Cuando en tu país dicen que hay que tener niños porque hay demasiados mayores y en el futuro no habrá suficiente gente cotizando para mantenerlos, hay superpoblación. Como sigamos así no va haber recursos naturales para todos. Digo yo, no será mejor que nos repartiésemos por el mundo. Si es que es tan incoherente este planeta que teniendo una tercera parte de agua, se llama tierra. He dicho.
incoherencia
noviembre 25, 2013

El romanticismo.

   Cuando tu pareja de repente, te llama al móvil y te dice que tiene algo importante que decirte el sábado: tú planeas todo el día.
   Te levantas temprano, te duchas, desayunas y …Vas a la peluquería, que previamente has pedido hora, para hacértelo TODO. Depilación, manicura, pedicura y por supuesto lavar y marcar. Almuerzas fuera preferiblemente con amigas con la que haces conjeturas de lo que te espera y presumes, ¿Por qué no?. Ahora toca ir de compras: comprarte algo nuevo con que celebrar ese día especial y luego comprar los ingredientes para esa cena inolvidable. Te pasas horas cocinando su plato favorito… Te duchas para no oler a la comida o te das un baño para relajarte. Te pones la ropita interior que has comprado y el resto… dejas que te envuelva la ropa que sabes que más le gusta. Te retocas el maquillaje y el pelo.
   Y tocan el timbre… Enciendes una vela en la mesa que previamente ya habías colocado. Te perfumas y abres la puerta.
   Te pregunta tu pareja que a qué viene esto. Y sin mirarte apenas te sienta en el sofá y te dice que ha estado pensando que es mejor que lo dejéis.
romanticismo

noviembre 25, 2013

Hablemos de amistad.


   Como chica nada más preciado que una fiesta del pijama. Como un día de pelu, pero gratis  y en la mejor compañía.Vernos de otra manera , aprender como podemos estar mejor. Sobretodo hablar de chicos, de historias pasadas, de las esperanzas en unas nuevas, o quejarnos de la que tengamos… Como un psicólogo pero gratis. Ir de compras con amigas es uno de los mayores placeres de la vida. Sentir que alguien te entiende y pertenecer a un grupo es verdaderamente importante para nuestra autoestima. Y cuando la amistad es de muchos años las vivencias compartidas nos hará entendernos con la mirada.
   Pero la amistad con un chico es un mundo aparte… Primero puede haber tensión sexual, cuando vemos que no nos atrae ni nosotras a ellos, descubrimos a una persona que deseamos que se quede en nuestra vida. Un chico si queda contigo no te llamará a última hora para decir que ha quedado con otra persona. Hablareis de cosas en las que os sintáis cómodos los dos, aunque sean conversaciones triviales. Si algo no le gusta te lo dirá directamente.  Te dará seguridad y paz porque no tienen dobleces.
   Lo importante es la amistad por encima de todo.
  

   manos_amistad
noviembre 25, 2013

Historia de un alma

   En los días encadenados de vacío, vuelan a mi mente los recuerdos de los momentos en que fui feliz.
   Puede que aún no hubiese cumplido los 14. Acompañada por unas amigas corríamos por las calles a oscuras. Ataviadas por sólo el abrigo de unas capelinas. Reíamos como campanillas entre nosotras por lo extraño del momento, por el frío, porque sí. Llegamos a una casa de pueblo antigua. Apenas tenía fachada, pero al abrir la puerta se abría un mundo nuevo para todas. Las habitaciones eran enormes, los techo altos. Entramos en una habitación donde había unas escaleras hacia abajo. Bajamos por ella como piedrecitas, que bajan por un río sin saber lo que les espera… La escalera era estrecha y las paredes estaban cubiertas por espejos. De pronto me descubrí allí. Me abrí la capelina, que justo terminaba donde empezaban mis piernas. Era verde por fuera y violeta por dentro. De raso, suave, bella, como yo… Deje al descubierto mi cuerpo. Mi mirada se deslizó por mi piel bronceada… La sugerencia de la sensualidad en la forma de la pureza. Me senté para disfrutar del momento. No sé cuanto tiempo pudo pasar. Me despertó de mi letargo las voces de mis compañeras presumiendo de la capelinas. Yo simplemente cogí de la tienda de alquiler la última que quedaba. Viendo las suyas, supongo que mis divinidades ya eligieron la más hermosa por mi y la guardaron hasta que yo llegué. Entramos a un gran salón. Repleto de gente extraña. Se nos acercó la creadora de toda esta parafernalia y nos presentó a mucha gente. Me extraño encontrar conocidos allí. Pero no me dio vergüenza, a pesar de ser del grupo de las tres que iba de aquella pinta. Me divertía. Me sentía orgullosa porque era parte del espectáculo. Aunque no sabía muy bien de que iba. La organizadora nos hablaba alegre. Me tocó por debajo de la capelina… Supongo que quiso comprobar que habíamos cumplido el trato e íbamos desnudas en su interior. Pronto volvió con él. Era moreno, de ojos negros , fuerte… Era el deseado, el admirado… todas estábamos allí por él. La única vez que nos miró. La única prueba de que estábamos allí. Siempre estaba en la lejanía, rodeado de gente admirándole. Yo sólo podía adorarle así, en mi corazón, en mi cuerpo, casi llegaba a mi alma. Se me acercó un conocido que no sabía que hacer para complacerme. Ya estaba satisfecha sabiendo que era conocedor de que estaba allí por él.
   Sentadas en la calle mis amigas y yo, recordábamos la noche anterior. Éramos un grupo en que el centro era él… Que nos miraba desde lejos orgulloso. Mi ser se estremecía de placer de sentirme su esclava. La anfitriona se nos acercó. Nos preguntó que cómo nos sentíamos… Nos explicó entre risas que tendríamos que cuidarnos a partir de ahora. Al principio eran sonrisas pícaras, que acabaron siendo burlonas. Ninguna entendíamos nada. Nos mirábamos como si hablase otro idioma o desvariase. Eso fue su segunda pregunta: Que si nos sentíamos variadas, nosotras contestamos que no. De repente fue como si hubiese desconocido el mundo que hasta ahora conocía. Cómo era posible tanta barbaridad.,, Cambió como cambia el asesino que tiene atrapada a su presa y no necesita agradarla. A carcajadas nos explicó que nos crecería la tripa. Nadie dijo nada. Ninguna sabía que decir. Continuó diciendo que estábamos en cinta, pronunciando palabras en desuso por el paso de los años. Yo respondí que era imposible, que no me había acostado con nadie en la fiesta. Ella se enfadó respondiendo que me habían elegido uno de sus mejores asociados y que yo era tan necia, que lo había despreciado. Levantó su mano izquierda, irguiendo su dedo corazón. Soltando palabras, como si soltase por su boca fuego de desprecio hacia lo inferior. Me aseguró que hacía mucho que se conocía la inseminación artificial, antes que yo existiera. Cada vez entendía menos todo aquello. Mis amigas estaban como estatuas de hielo, que necesitaban de mis preguntas para que les diera el calor de mi aliento, con sus ojos me lo suplicaban. Le pregunté que quién iba a hacer semejante cosa. Entonces rió. Rió tan fuerte que envolvió mis sentidos, tan cruel que me atravesaba, tan despiadado que desgarraba. Lo miró. Luego nos miro a nosotras desde la distancia y supimos que era cierto.
   Pasé un largo viaje de divagaciones y conjeturas. La marea me alejaba de todo y de todos. Me mecía entre dudas. Qué sentido tenía aquello, porqué yo, con qué fin, porque empezó todo aquello. ¿Cómo no pude darme cuenta de que algo fuera de mi control me estaba atrayendo, usándome y destruyéndome?.
   Sentí la necesidad de encontrar una orilla. Tierra firme en la que alzarme. En la que sentirme segura. Que todo aquello estuviese lejos. Que nunca más se acercará. Me diera cobijo, me protegiera de todo mal, de toda posesión. Que me guiara por un sendero de tranquilidad, serenidad.
   Donde antes hubo una capelina, ahora había un hábito. Que me desligaba de la carne, de la catástrofe de lo inmundo y me prometieron un él, al que yo deseaba cada día abrir mi alma. Que me enseñara un mundo de luz, que me envolviese, saciando e iluminando mi camino. No dejando lugar a elucubraciones, su voluntad en mi. Enseñándome a perdonar, para poder perdonarme y que saciándome el espíritu no hallase una tentación a la que sucumbir. Alejándome del mal. 
   Estaba en mis quehaceres diarios. Junto al altar limpiaba una imagen. La anfitriona se acerco, como se acerca el viento frio del invierno, de repente, estremecedor. Intenté huir de su presencia… Me preguntó,  por qué no estaba embarazada. Que él estaba decepcionado conmigo. Todos los niños concebidos por él aquella noche se habían esfumado por mi culpa. Que todas habíamos sido escogidas vírgenes y que habíamos sido fecundadas en una luna especial, que todo había sido calculado durante mucho tiempo para que por mi culpa se estropease todo. Yo nada respondí. ¿Quién le había dicho que era virgen?. Acaso un pecado me había salvado de las garras del propio diablo.
   El pecho me ahogaba. Caí al suelo entre sollozos. A esto que unas hermanas acudieron a mi. Para ayudarme dándome consuelo. La anfitriona se fue hacia él, siempre rodeado de gente. Un enorme desconsuelo me ardía en el alma. Había renunciado a placeres que ya nunca conocería. Renunciado a él, que su sola presencia me llenaba de vida. Una pregunta golpeaba mi sien, cortaba mi aliento. ¿De verdad valdría la pena?. Lo único cierto es que desde entonces mi vida sólo tendría un sentido. Meditar a lo largo del tiempo sobre aquellos días, su influencia y luchar porque no me atrapase por los días de los días.    

     





noviembre 25, 2013

Pide un deseo

   Allí estaba yo. Disfrutando de unos de los mayores placeres de la vida. ¿Quién podría negarlo?. Sumergida en aquella agua caliente, como si mi cuerpo formase parte de su composición. Y ese líquido una prolongación de mi. un elemento más que cobraba vida en mi cuarto de baño.
   Unas veces estaba en calma, otras en cambio se alborotaba. Formando un pequeño maremoto. Oía sus olas, a lo lejos. Yo era ola. Su rumor golpeaba mis oídos. Una vez. Otra vez. Cada vez más fuerte, como si me quisieran decir algo:
   - ¡Marta!. Te llaman.
   ¿Cómo?. ¿Qué?. ¿Quién podría destrozar mi paraíso así?. ¿ Quién podría odiar tanto aquel deleite, y odiarme tanto a mi, para arrancarme mi edén particular?. ¿ Quién podía quedar de la edad media?. Que no esperara que con esto es pecado y yo sé lo que es mejor para ti, lo iba arreglar. ¡Ya sabía que los años de Adán y Eva habían quedado muy lejos, pero yo sólo había cogido prestados 10 minutos!.
   Me envolví en mi albornoz y me lié una toalla al pelo como pude. Entre el enfado y la prisa por ver quién podía ser aquel ser. Crucé el pasillo intentando hacer el menor ruido posible, pero aún en los oídos sonaba el eco de las olas que ya se había convertido en un agradable recuerdo. Entreabrí la puerta. Asomando mi cabecita con aquella gran corona blanca, que alguien me dijo alguna vez que me favorecía. Y desde entonces a la mínima oportunidad me gustaba lucir.
   -¡Vaya!. Te hemos pillado bañándote… Este es Álvaro. Y te estaba buscando.- Balbuceó Paco. Entre una media sonrisa. Al darse cuenta que ya había puesto mis ojos en el extraño. Más bien no se los quitaba de encima.
   Álvaro. Era lo único que mis oídos aun con el zumbido habían podido percibir.
   Mi amigo entre sorprendido y mofándose miraba mi reacción. Nos conocíamos de siempre. Incluso presumía de lo bien que me conocía. Cuando supuestamente actuaba de forma diferente a como él pensaba, entonces enfadado me miraba y me decía que esa no era yo. A mi me daba risa. Pero me hacía preguntarme sin que nadie me oyera: ¿Quién soy yo?. Y me tranquilizaba pensar que por lo menos alguien lo sabía. Era mi amigo azul. Iba normalmente vestido de ropa vaquera. Llevaba los pantalones, la chaqueta y la camisa. Todo vaquero. Me preguntaba, a veces si su ropa interior seria igual. Mi amigo que había despreciado el mundo de la moda y creado su propio estilo. Que lucía con tanto glamour.
   Álvaro parecía haber salido del sueño de alguien como yo. No sé que ropa llevaba, ni siquiera si llevaba. Eso espero porque no me hubiese perdonado no mirar. Pero no podía bajar la vista de su pelo claro. Ahora sabría para siempre que color era el rubio ceniza. Que por cierto, no se parecía nada al de mi vecina, que tanto presumía de ese color, que decía lo en la peluquería de la esquina. Tenía los ojos claros. No eran azules, ni verdes. Eran color… Cielo. Ya está: Era un ángel.
   Mi gran sorpresa fue cuando estando los dos a solas en el bar del barrio me lo corroboró. Mi amigo se había marchado, al ver el panorama poniendo una mala excusa. Me contó además cómo había esperado en mi puerta donde se había presentado, para entrar los dos juntos y no llamar demasiado la atención. Yo no hablaba, escuchaba con los ojos como platos. Sin saber si reír, llorar o salir a correr… Opté por esperar.
   - Sí, sí un ángel… y yo soy caperucita roja… ¡No te fastidia!. ¡Que los reyes magos no existen!.
   -Mira.
   Abrió los brazos despacio y majestuosamente, como si de un pájaro al lanzar el vuelo se tratara. Una luz incandescente parecida a una vela ( Que tan bien conocía yo. Que por la noche a altas horas de la madrugada, más de una vez, había sido mi fiel compañera al no poder leer. Y no ser descubierta por la delatadora franja de debajo de la puerta), esta luz digo, lo envolvió como si fuese un regalo. ¿Y quién podía desearlo más que yo en aquel momento.
   No podía negar la evidencia. Lo que en primer lugar me pareció un chico corriente. Chico-guapo. Por muy guapo que fuese no dejaba de ser corriente. Su pelo rubio ceniza y sus ojos color cielo (Que ya sabía porque), su cuerpo más o menos atlético. Casi me dolía la mirada, pero así podía ver lo que antes ni tan siquiera podía imaginar. Su indumentaria se trataba de una camiseta polo de color rojo, unos vaqueros algo desgastados y unas zapatilla blancas. Un chico-corriente-guapo y quizá hasta bien vestido en esta época, pero aquella luz no podía ser más que algo divino, celestial, algo que escapaba de mi razón y no entendía.
   -Creo que he conseguido que empieces a dudar y conseguiré que me creas.
   -Creo que ya lo hago.- Supe decir.
   -Pues la verdad…-Prosiguió.- Sé que no te gusta recordarlo, porque al ser reciente aún sangra tu herida. Tu abuela que ve lo desgraciada que te sientes, no se ha olvidado de ti… Y su voluntad es que pidas un deseo.
   -¿Un deseo?.-Casi no me dejaba hablar el nudo que tenía en la garganta.
   -Puedes pedir lo que quieras. Pero… Piensa que esto no se podrás contar a nadie…Lo que consigas tendrá que ser algo que puedas encontrarle una explicación. Piensa que tu vida… Continuará como siempre a excepción de lo que pidas…
   Que buena había sido siempre conmigo. Cerré los ojos pero mi mente no alcanzaba a verla. ¿Dónde estaría?. De pequeña, cuando descubrí la muerte y supe que cuando ibas creciendo hasta envejecer, llegaba para recogerte y llevarte a sabe Dios donde… Lloraba por ella, pensaba que cuando llegase ese día, la echaría tanto de menos que no podría soportarlo. Entonces cada noche lloraba por un poco por ella pensaba, supuestamente que dividiría mi dolor. Quizá sin darme cuenta también lloraba por mi. Porque yo crecería y envejecería y un día también tendría que venir la muerte a buscarme y dar ese viaje tan lejos. Me daba miedo saber que no me podía negar, aunque no me gustase el sitio. Así que ahora no tenía lágrimas. Todo mi dolor líquido se había derramado. No podía estar muy lejos si podía verme…
   ¿Qué podía pedir?. Era cierto que estaba triste. Siempre había estado triste, pero no sabía por qué. Sólo lo sentía. ¿Quizá me sentía sola?.
   Pide un deseo… ¿Qué podía pedir yo?. ¿Sólo uno?. Qué cosa podría pedir que pudiese explicar… Que me había encontrado, que me había tocado en una rifa… Muy complicado, tendría que enseñar boletos falsos y ¿Cómo explicar que sólo había comprado para mi y no había comprado para nadie más, ni siquiera para mi madre?. Aquello empezaba a tomar forma. Quizá esto también me lo podía resolver el ángel. Siempre había pensado en ellos como en los típicos de la guarda. ¡La forma tradicional!. Una vez más me hacía pensar quién sería el insensato que había inventado los dichos tradicionales. Pobre. Como que las ranas no tienen pelo, que se vaya a África. Allí seguro que hay alguna tan simpática que le mostrará sus pelitos. Y lo malo es que había gente que pensaría como él.
   ¡UNA CASA!. Con sus puertecitas, ventanitas cuartos y todo lo que debería de tener una casa de ensueño. ¿Quién no se ha quedada dormido imaginando la casa de sus sueños, habitación por habitación, detalle por detalle?. Porque yo lo he hecho. Alguna vez se introdujo en mi sueño y por minutos quizás horas… pude vivir en ella. Sí eso era… Una casa solita para mi.
   Después de contarle mi idea. No me explico, cómo lo haría, ni pensándolo un millón de años. Pero aprovechando un pestañeo de mis ojos nos trasladamos a la casa. De pronto aparecimos entre muros grises, andando por un pasillo.
   Yo le iba explicando donde quería los dormitorios, cada habitación de mi futura casa, hasta el último detalle. No sé cuanto tiempo pasó. Pero habría estado el doble, el triple… Creo que a él también le hubiera gustado mi idea. Me miraba con gesto animado, mientras yo le daba órdenes, con la ilusión en la cara de la niña pide su regalo a los reyes magos. Y se recrea en sus palabras contando las maravillas que sabe hacer la muñeca que desea.
   De pronto se esfumaron todas las chispitas de mis ojos, mi cara iluminada. ¿Pedir una cosa que quizá apenas podría disfrutar?. Siempre fui lo que se llama de salud quebradiza, aunque no tuve una enfermedad grave. No me acordaba la última vez que me sentí bien. Que me sentí libre de reír, de hablar. Ahora sólo sabía fingir. Fingir que me divertía, fingir que me hacía gracia de lo que me reía, fingir que me hacía ilusión algo… Estaba harta. ¡Salud!. Estar siempre bien . Si estuviese bien podría trabajar y tener una casa, quién sabe incluso mejor que la que soñé. Pero con una casa no podría tener salud. Así que ese fue mi deseo.
   Le conté mi decisión y el me miró incrédulo, si me había retractado una vez, podría hacerlo otra vez.
   -Esta vez estoy segura. Quiero lo que más me falta y ahora para mi es lo más importante: Quiero salud.
   Sonrió y tan sólo dijo:
   -Espero que seas muy feliz. Mi trabajo ya ha terminado.
   Me acarició la cara mientras su figura se desvanecía. El iba desapareciendo y yo me daba cuenta lo feliz que había sido aquellos días con mi ángel. Mis ojos humedecían su imagen…
   -¡QUÉ TENGO QUE HACER PARA QUE TE QUEDES!.

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